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Por: Verónica Reátegui Yesquén

13/4/09

Testimonio de Howard Hendricks "Mi recuerdo de Walter"

"El me enseñó a ser un hombre. Cuando era niño, alguien sugirió que yo fuera a una escuela dominical cerca de mi casa. Fui, pero no me entusiasmaba mucho. Se realizaba en una casa y, a mi parecer, no era una iglesia. De hecho, nunca hubiese vuelto si no fuera por una cosa: había un hombre que se llamaba Walter. Él me quería tanto a mí como a los otros doce chicos de la clase. Guardo memorias vividas de esas clases. Walter medía alrededor de 1.90 m y calzaba el número 47.Tengo la imagen de nosotros, los varones, sentados alrededor de él, observando sus zapatos.

El nunca tuvo problemas de disciplina con nosotros. Mirábamos los zapatos y pensábamos qué sería de ellos si alguna vez uno se desprendiera. Walter influyó en guiarme a conocer a Jesucristo. Lo sorprendente es que de esos trece niños, once de nosotros estamos trabajando a tiempo completo para el Señor. Walter solamente había cursado la escuela primaria, pero vivía la vida de Jesucristo y era idóneo para comunicarla.

Las lecciones de la escuela dominical eran como las tareas de la escuela y esto era un problema para mí, ya que la escuela y yo nunca fuimos hechos el uno para el otro. En la escuela sentía que mi rol principal era causar un caos. Por lo tanto, antes de que entrara la maestra, yo siempre me ocupaba de conseguirlo. Aún recuerdo a una maestra que entró, me miró y dijo: «Tengo la respuesta a tu problema, jovencito». Sacó una soga bien gruesa, me ató al asiento, tomó papel engomado, cubrió toda mi boca y dijo: «Si esto no es suficiente, tengo una soga aún más larga».

Nunca me olvidé de esa maestra y estaba seguro de que ella tampoco se había olvidado de mí. Hace algún tiempo oí decir que se jubilaba y fui a visitarla. Le dije: «¿Qué tal señorita Simón? Soy Howard Hendricks».

Ella respondió: «No, no puede ser».

Le dije: «Sí señora, el mismo».

Dijo: «No puede ser. Deberías estar en un reformatorio, donde yo predije que irías».

La verdad es que ella predijo que cinco de los jóvenes irían a la prisión y tres de ellos efectivamente fueron. Los dos restantes fuimos ganados para Cristo por el mismo maestro de escuela dominical, Walter. Él no sólo empleó su tiempo en enseñarnos, sino que también nos quería y lo hacía en tal forma que, sin darnos cuenta, le obedecíamos. Es ése el modo en que muchos hombres hoy en día deberían de emplear su tiempo con los jóvenes.

Al llegar a la adolescencia me olvidé de Walter. Para ese entonces lo que más me atraía era un tambor. Había tocado el tambor en la banda de los Niños Exploradores. Finalmente conseguí un juego completo de tambores, para disgusto de todo el vecindario. A veces tocaba de seis a ocho horas por día. Luego me enteré acerca de un baterista famoso y talentoso que tocaba como un loco. ¡Era tremendo! Mi ídolo. Yo practicaba por horas para llegar a ser como él. Observaba cada movimiento que hacía para imitarlo. Finalmente, un día él organizó una competencia. Trabajé hasta el cansancio, ya que el primer premio era recibir enseñanza personal de ese baterista profesional.

Gané, pero fue la desilusión más grande que tuve en mi vida. Cuando me llevaron a su camarín para ser presentado, descubrí que se estaba inyectando con una jeringa hipodérmica. ¡Era un drogadicto! La razón por la cual podía tocar casi como un superhombre era que lo hacía bajo el poder de la droga. Aún recuerdo cómo salí de ese teatro; mi ídolo se había venido abajo estrepitosamente.

Me dije: «Lo que le pasa a él no tiene por qué pasarme a mí. Voy a llegar a la cima, pero sin drogas». Me esmeré mucho. Un día la banda de adolescentes más fogosa de la ciudad tenía una vacante para un baterista y me tomaron a mí. Esto era llegar alto; todavía recuerdo cuando tocaba de un salón de fiestas a otro hasta la madrugada. Yo pensaba: «Esto sí es vida». Pero cuanto más alto llegaba, más infeliz era.

Una noche, solitario, recuerdo haber subido las escaleras del departamento de mi abuela. Durante años ella había orado pacientemente y me había demostrado lo que era vivir la vida de Jesucristo. Mi abuela era sorda, por lo tanto, cuando oraba lo hacía fuerte, no para tratar de impresionar a la gente, sino porque no pensaba que la podían escuchar. Aún recuerdo oírla decir vez tras vez: «Howard, Howard, Howard». Oraba por mí. Me tiré sobre la cama esa noche diciendo: «Hendricks, ¿cómo puedes ser tan tonto? Lo que estás buscando, la verdad, es lo que tu abuela posee. Esto es lo que Walter vivía».

No mucho tiempo después, en una conferencia de jóvenes, comprendí firmemente cuál era la voluntad de Dios para mi vida. Posteriormente me inscribí en una universidad cristiana, luego fui al seminario y a un número de ministerios, incluyendo un pastorado y la enseñanza en un seminario muy conocido. Cuando miro atrás, reconozco que el punto crucial giró alrededor de ese hombre en mi vida: Walter. Cuando descubrí que Dios tenía un plan para mí, comencé a vivir y a multiplicar mi ministerio a través de las vidas de otras personas, y todo se debe a que un hombre se interesó en unos muchachos."

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